sábado, 22 de septiembre de 2007

ENTREVISTA CON HECTOR HERNANDEZ MONTECINOS


Conversaciones en el jardín del fin del mundo
Javier Cánaves habla con Héctor Hernández Montecinos


JC: De su libro [coma] (2006), el poeta Raúl Zurita ha dicho que no se trata de una obra individual, sino que es una obra colectiva que representa la agonía y simultáneamente el nacimiento de una generación. ¿Es muy exagerado pensar que [coma] supone un punto de inflexión en la poesía chilena?

HHM: Creo que cada libro es un punto de inflexión, ya sea en la historia personal de un autor, de una generación o de una tradición/ruptura literaria, pues de algún modo un libro viene a visibilizar un conjunto de decisiones líricas en cuanto a diversos asuntos que van desde el libro como mercancía hasta la alegorización de un suceso determinado. En este caso, [coma] nace en el seno de una generación de jóvenes poetas chilenos llamada por la crítica como la "novísima", la cual ha planteado un nuevo escenario de políticas escriturales que no se veía desde la dictadura militar chilena desde comienzos de los años setenta. Los contextos han cambiado, pero siguen siendo los mismos. Antes fue una dictadura milica con un rostro hegemónico, ahora esa ley marcial se ha fracturado en microdictaduras del mercado, de clase, de género, etarias, entonces esa es la escenografía de esta nueva avanzada de poetas jóvenes. [coma] se rebela a la dictadura del lector burgués que desea un libro ameno, corto, sin cortapisas para su lectura, sin aspavientos en su escritura, entonces ese es el salto, o el punto de inflexión me imagino al que se refiere Zurita, es un libro, no un poemario, que debiera leerse como novela, como guión, como obra dramática. Los géneros ya han sido deslindados, los literarios también. Allí hay una inflexión, un pliegue deleuziano, un deconstruirse desde dentro de la obra misma, centrípeta, anómala, nómade, bastarda, exiliada. Es quizá por eso que esta generación brillante ha tenido su primer espolonazo desde sus propias filas, un harakiri, un fratricidio, un hoyo negro que sin más arrastra consigo a lo que esté cerca de él.

JC: O sea, si los géneros literarios ya han sido deslindados, ¿habrá que volver a lindarlos, acercarlos más unos a otros? Es más, ¿habrá que barajarlos o, incluso, olvidarnos de ellos para escribir esa obra total y nueva (que es lo que parece pretender con [coma])?

HHM: Creo que la literatura contemporánea, y en específico la poesía latinoamericana, ha dado un paso al proponer no una lectura de un 'qué' sino el estar leyendo un 'algo'. Este algo, llámese cruce de géneros, obra total, postvanguardia, avanzada, etc. ha abierto una brecha en el punto más radical de lo que significa la literatura y es la forma de cómo se leen las obras. La existencia de los géneros literarios es algo que la academia desea perpetuar, la convención editorial, no sé. Uno, como autor, se propone mover ese límite impuesto a la escritura justamente haciendo el gesto de permitir una lectura paralela a tal obra. Por ejemplo, en mi caso particular, [coma] está presentado como un libro de poesía, pero como tal excede la cantidad de páginas "normales", su paisaje escritural y temático es más cercano a la narrativa y lo lírico suele ser uno de tantos detalles, pero si se leyera con los ojos de una novela funcionaría con el inconveniente de ser muy poética. Ese es el punto que me interesa, ese intermezzo, esa fisura del género, ese 'algo' que te decía antes, un neutro, un nódulo impertinente. No se trata de volver a lindar ningún género, sino que de multiplicar sus entradas, voltear el guión que tiene cada género. Por último, una obra total y nueva sólo será posible en el seno del único género que existe: la ficción.

JC: Desde luego, su obra resulta insultantemente libre. Si Antonin Artaud dijo "perdonad mi libertad absoluta", usted parece decir "soy radicalmente libre y no necesito que nadie me perdone ". Pero dígame una cosa: ¿No pueden darse de un modo simultáneo, en un mismo autor, una escritura "radical" (llamémosla así) y otra más convencional? ¿Es la suya una apuesta feroz y sin fisuras?

HHM: La convencionalidad con la que trabajamos los poetas es desoladora, existe una rigidez del género poético que se ha mantenido por siglos y siglos. O sea, nosotros, latinoamericanos, ya con el hecho de continuar ese idioma español purista estamos siendo conservadores, de allí la radicalidad de un César Vallejo, un Vicente Huidobro o un Oliverio Girondo, por ejemplo. Las formas se mantienen y son el límite de que un trabajo escritural sea leído como poesía, narrativa o ensayo, por eso cuando me hablas de esa fisura justamente es la fuga a ese encasillamiento de las herramientas y materialidades de las que uno se sirve. Incluso, ahora que está de cierta moda ser radical, ese mismo gesto se ve obligado a plegarse en su contingencia política, es decir, hacer un caligrama o la poesía concreta ya no es radical, pero sí salirse del formato libro que es una mercancía del fascismo en ciertas condiciones. La literatura se ve obligada a desplazarse más allá de la dialéctica forma y contenido hacia áreas que se preguntan por la función de la literatura durante la catástrofe o su labor de subjetivización y epifanía creativa. La ferocidad de una apuesta literaria tiene como ese límite dejar la escritura, o sea que el gesto más radical, y únicamente radical, es no escribir, o publicar más. Y ese es el gesto que me he propuesto como acción de arte extrema.

JC: Vayamos seis años atrás. En 2001 aparece el poema "No!", un texto furioso, generacional y clarividente, un texto que de algún modo ya contiene todas estas ideas que desarrolla en esta entrevista. ¿Siempre lo tuvo claro? En fin, háblenos de sus inicios...
HHM: Sí, tienes razón, este texto de algún modo es bien clarividente, pues sin quererlo es el primer poema colectivo de esta nueva generación de poetas, y desde allí se abre como una visibilización de una comunidad que en el 2001 no existía aún, ni menos en marzo del 2000 que es cuando se escribe ese poema a raíz de la obtención del Premio Nacional por parte de Raúl Zurita. Las putas de la belleza y los perros de la poesía me parecieron los primeros enemigos contra los cuales uno como poeta joven estaba disparando, y después de seis años esta postura la radicalizo en el libro nuevo que continúa a [coma], que se llama [y punto]. Allí recupero la potencia de mis primeros textos, como tú dices, furioso. También me preguntas por el inicio de mi trabajo, bueno, intentaré hacerlo corto. Comencé a escribir el año 99 en un taller de poesía al cual llegué por casualidad, desde allí hasta ahora todo y nada ha pasado. He viajado, publicado algunos libros, conocido varias personas. Desde el primer libro hasta el último no es mucho lo que puede ir dejándose de lado o volverse a integrar. Una y otra vez las mismas obsesiones, las mismas rabias, las mismas penas. Siempre vi un solo libro que es La Divina Revelación conformado por [guión] (2001-2003), [coma] (2004-2006) e [y punto] (2007-2009). Una especie de paso de cuerpos infernales pasando por territorios suspendidos hasta llegar a la resurrección de los discursos de la muerte. En este gran solo libro aparece este poema "No!", el primero publicado hasta lo que escribiré en 2009, año en que aparecerá este último volumen.

JC: Constantemente habla de una nueva generación de poetas. ¿Nos podría citar algunos nombres?

HHM: Sí, se ha dado en Latinoamérica una gran oleada de jóvenes poetas, en distintos países. Muchos autores, muchas editoriales, publicaciones, festivales, etc. Es un gran momento que sin embargo no ve su correspondencia en las políticas culturales nacionales. O sea, hay mucha vida cultural, pero los financiamientos son siempre mínimos, escasos, y en algunos países son realmente nulos. Entonces es un doble escenario. Acá en Chile se le llamó "novísima"o post2000, y resuenan autores como Paula Ilabaca, Felipe Ruiz, Pablo Paredes, Diego Ramírez, entre muchos otros. Me interesan esas escrituras nómades, peligrosas para las expectativas del género lírico, y así en países tan distintos como Uruguay aparece un poeta absolutamente delirante como Manuel Barrios, como al mismo tiempo en México Alejandro Tarrab, Ernesto Carrión en Ecuador o en Perú un Rafael García-Godos. Podría citarte muchos nombres, pero quizá el fenómeno más significativo sea justamente esa diversidad de registros, de poéticas dislocadas, de escrituras "sucias".

JC: ¿Tienen algún referente común? ¿Cuál sería su lema o bandera en caso de tenerlo?

HHM: Hay varios referentes, no sé si comunes, pero que transversalizan los discursos como la desprotección cultural a la poesía, y tal vez por un lado eso le dé más fuerza al movimiento. En términos literarios, los cánones locales sirven como un referente tanto de recelo a las autorías-autoridades, como de representación de los saberes académicos. La labor fuera de las academias y las instituciones es una característica interesante, porque de algún modo ese carácter errante de la poesía halla su correspondencia en rehuir de las seducciones del mercado, la máquina cultural, etc. No estamos en épocas de banderas, panfletos, no sé, pero hay algo que nos une a todos los poetas jóvenes latinoamericanos, y es la esperanza colectiva de que la poesía viva más allá de los libros, es decir que el poema sea un acontecimiento de vida y no sólo literatura.

JC: ¿Qué le diría a los que puedan pensar que existe un punto de contradicción entre practicar una escritura "rupturista" y recibir una ayuda del estado para la creación?

HHM: Las rupturas en términos literarios son siempre condicionadas por la escritura, o sea, lo que quiero decir es que una real ruptura en la escritura sería dejar de hacerlo: no escribir, entonces con ese referente los quiebres vanguardistas son siempre una metáfora y un estilo literario. Acá hay unas pocas becas de creación para artistas por lo cual es común que un escritor reciba alguna vez esos fondos, y por lo demás no tienen un carácter de premio político, ni mucho menos. Existe una independencia entre el trabajo mismo como temáticas y referentes y la existencia de una beca. Además, este tipo de financiamientos en términos técnicos es de propiedad de todos los chilenos. Por otro lado, y de fondo, prefiero recibir una beca desde el oficialismo que del fascismo o del empresariado chileno, el nuevo viejo partido político que mueve Chile. Por último, existen tan pocas subvenciones monetarias para escritores que aprovecharlas bien es una demostración de que no es plata perdida, sino que una inversión material y simbólica.

JC: Suelo terminar las entrevistas preguntándole a mi invitado si cree que es posible la poesía en el s. XXI... ¿Qué me dice?

HHM: Mientras exista una esperanza y un sueño colectivo, la poesía, en el siglo que sea, será posible. La catástrofe que vivimos es el alimento de las poéticas del futuro, y de cierto modo la poesía es el arte del futuro porque siempre será una intuición y una respuesta a preguntas que aún no han sido hechas.

martes, 18 de septiembre de 2007

FESTIVAL PAIS IMAGINARIO SEGUN ALAN MILLS

Novela de caballerías


1. País imaginario. Me quedé a vivir en ese país, en uno que sólo podemos imaginar. Lo último que hice en Guate fue comprar un par de botellas de ron Zacapa Centenario, mientras me daba cuenta, atónito, que la vendedora se llamaba Myrna Mack, sí, el mismo nombre de la antropóloga asesinada un 11 de septiembre por las fuerzas oscuras. Fantasma, homónimo o familiar, qué iba a saber, el asunto es que ella fue la última guatemalteca que vi en 15 días. En ella reposaba toda Guatemala, toda la historia y el presente interviniéndose. En las botellas de ron, en cambio, cristalino vibraba mi futuro inmediato.

Unos días de alegría, frío húmedo, locura y mucha poesía. Usted que pensaba que no se podían meter 10 personas a un taxi a las 2 de la mañana... En Lima esto y más es posible. Unas cuantas personas borrachas y con ganas de peligro, en esta ciudad tienen su mira tú por dónde... Mostro.

Lo primero que hice en el Perú fue comer unos anticuchos en la calle. El sabor y la sazón insuperables, no es mentira lo que se dice de la comida peruana, para nada. No alcancé a llegar a la inauguración del festival, y esa primera noche me tocó charlar con el dueño del hotel donde quedamos: un verdadero personaje que parecía sacado de la mezcla de todos nuestros libros, de los libros de la colección País Imaginario. Ahí estaba todo lo esquizo, la desterritorialización, el humor transgenérico, la manía fabulatoria, la sutura de la realidad con la ficción. Le regalé un llaverito de quetzal, así medio sicodélico y se conmovió, ay Dios, este pinche hotelito desde antes ya parecía casa de la Insania y con nosotros encontraría su rostro real.

Pasé todo el martes en estado de riesgo, hasta que tomé la sabia decisión de echar un baño y preparar la presentación de mi libro, Síncopes, que se haría por la noche en la bellísima Casona de la Universidad San Marcos. Allá llegó una buena cantidad de personas y creo que ha sido la mejor presentación que nunca he hecho de un libro, cosa que además terminó de favorecerse gracias a la excelente performance de José Manuel Barrios, que nos lanzó una conceptualización de la vulgaridad y soledad del poder. Totalmente en sintonía con lo mío, pienso. Y esa noche se dieron otros riesgos distintos...

La semana siguió más o menos la misma tónica: delirio y poesía, fiesta y pensamientos cruzándose. No me perdí ni una sola de las lecturas ni de las presentaciones de libros, pero las discusiones más sabrosas se dieron en los extramuros del evento, lo aseguro: en el bar Don Lucho y en el Queirolo’s. Y si me preguntan, de los rincones de Lima me quedo con Barranco, un distrito interesantísimo, bonito y cuidado, con varios bares para derrapar. En uno de ellos nos tocó lidiar con dos policías (uno de ellos supuestamente retirado), que poquito a poquito se fueron poniendo pesados y hasta empezaron a tomar de nuestro trago. Mi estrategia fue empezar a hablar de Baudrillard y del neobarroso de Perlongher, con lo cual se sintieron excluidos dulcemente. La teoría literaria sirve para espantar a los policías en los bares, right.

En aquellos casos lo mejor es salir de Barranco y aprovechar a ver el mar que fustiga las orillas de la ciudad. Ahora metíamos a 6 personas al taxi, mientras fumábamos y hablábamos pendejada y media. Encendimos algunos cigarros y quemé una de mis mejores camisetas, la del ángel de la muerte... La noche debe haberse puesto buena, sí, porque no recuerdo todo el detalle. Recuerdo algún detalle que no puedo contar, quizás. Todo esto al tiempo que nos sumergíamos en un frío que mojaba de solo sentirlo.

Friolentos, los diversos acentos nuestros se confundían y enmarañaban, cosa divertida y en distintos volúmenes que podía alargarse hasta la madrugada.
Vamos a ver, el relajo no era para tanto, de hecho he estado en situaciones mucho más alborotadas, pero aún así el dueño del hotel empezaba a ponerse y ponernos nerviosos. Él tenía una historia íntima que no osaría contarnos, pero que se dibujaba en las líneas de su rostro y en los gallos que perdía su voz. Para relajarlo un poco y para cambiar un poco el ambiente, decidimos cocinar una pastita y un guacamolito aquel mediodía de jueves. Me tocó macerar el aguacate, sazonarlo y dejarlo presto. Maurizio sacó su italiano notorio y se enfrentó a los espaguetis. Recibiríamos elogios de viva voz y gestuales: da gusto ver a los amigos lamiendo el plato, quién dijo que los poetas sólo usaban la lengua para armar y desarmar sonetos...

Los poetas más bien desarman la lengua, y si se lo permiten desarman una ciudad. Vaya si no. Parra y Lira, Gerardo Deniz y Jabès, desarmadores. Carrión y HH, desarmadores. Barrios y Tarrab, desarmadores. Se desarma la ciudad del lenguaje, pero también la ciudad de las vanguardias, de las trans-vanguardias, de los ismos, de la centralidad discursiva. ¿Segunda mano, y más aún Coma, de Héctor Hernández Montecinos no son de alguna manera el resumen y la abolición de la vanguardia latinoamericana, no es acaso una zambullida desde Huidobro que ahora predice su incapacidad para conseguir un fin, un hasta aquí? ¿No está desarmada la idea de realidad en Demonia Factory, y la idea de razón totalmente desbaratada en Manicomio, la idea de autor en Explanans?

Ese tipo de cosas son las que presenta la colección País Imaginario, en este nuestro festival que tuvo una convocatoria sorprendente para cada uno de los días, sobresaliendo quizás el lleno total en el local Antares, donde la lectura fue maratónica y terminó pasadas las 11 pm. Más de 4 horas de poesía no las aguanta cualquiera, toda una experiencia, pues. Matices, texturas y voces de las más disímiles enredaron su trazo como el hilo de una araña que baila mambo. Lo malo fue que esa noche, en un bar aledaño, conocí al único peruano pesado de toda la estadía, para mi desgracia, un pelmazo muy parecido a los pelmazos de mi país y de todos los países: la estupidez está geográficamente bien distribuida. Ojalá se lo trague el Xokomil más angustioso en el lago de su pútrida vida.

No me hagan caso. O sí.

Qué días. A estas monerías nos dedicamos, sí, y a echar los piscos en lugares con nombres tan sugerentes como Yacana. Uno lo oye así de repente y piensa en Celia Cruz o en Buena Vista Social Club. Azúcar. Ahí mismo, en el Yacana, se terminó el Festival Internacional País Imaginario, con presentaciones de libros e intempestivas lecturas que desearon ser interrumpidas por una fila de 50 jóvenes que hacían fila afuera y que querían entrar al concierto de rock anunciado y el cual daría inicio al terminar nosotros. Adentro otros 100 jóvenes (y otros no tanto), permanecían defendiendo la poesía. La imagen era significativa, puesto que de alguna manera nos muestra la ruptura que hay entre el decir poético y los sentires más populares. En realidad el rock también es poesía, y la poesía debe ser como el rock, pero los patojos de afuera no lo sabían. Algunos de adentro sí estábamos conscientes de que todos debíamos caber en el Yacana.

Casi era el fin. Esa misma mañana, lo olvidaba habíamos cambiado de hotel. El mentado dueño del primer hostal decidió convertirse en un personaje de Hitchcok y algo como el miedo nos sacó más volando que corriendo. Pienso que estas cosas sólo le pasan a los poetas... Más tardecito recorrimos librerías, librerías de viejo donde encontramos verdaderas joyas como los 5 metros de poesía de Oquendo de Amat o Vox Horrísona de Luis Hernández o Leonardo (con la portada más hórrida de la historia de la cristiandad, ay) del locazo de Enrique Verástegui. Capitán Verástegui podrían decirle, pero queda fea la alusión militar.

Oh captain, my captain, la última noche de festival siempre debe ser la más excesiva y así fue. Después del Yacana y después de emborracharnos donde Don Lucho, paramos en un bar-disco que parecía sacado de La naranja mecánica, donde cada uno de los circunstantes era un personaje redondo para la trama más bizarra. Si me pongo a explicarlo me roban la idea. En serio. Les cuento, estas últimas noches son terribles porque en ellas está ya impreso el anuncio de que se acabó el oasis, ese elíxir de poesía que te hace sentir que lo que hacés tiene alguna repercusión, sabés que se acabó esa situación privilegiada donde podés hablar de punta a punta de una mesa sobre asuntitos del tipo “nueva poesía latinoamericana”, del tipo “Gus Van Saint”, del tipo “The Mars Volta”, del tipo “trasplatinos”, del tipo “tradición peruana”... No que no haya con quién hacerlo en los propios países, pero digamos que la concentración o densidad poblacional de gente del mismo zodíaco siempre va a ser menor. Por eso la última noche de un festival es de abrazos, locura, excesos, despedidas implícitas en cada brindis y en cada sonrisa dispersándose.

Algunos pocos nos quedamos una semana más en Perú, pero el festival País Imaginario terminaría aquel viernes, o más bien aquel sábado de madrugada cuando vimos algunas lágrimas correr, algunos cuerpos sucumbir, cuando vimos nuestros libros como objetos extraños y al mismo tiempo deseables, como hijos sexuados que nos gustaba molestar. Estábamos en Lima pero al mismo tiempo no existíamos en sitio alguno. Todo lo relativo a la poesía sucede en un no-lugar, en un espacio difícilmente cuantificable. La poesía habita la bruma, como Lima, y yo habito un lugar que quizás no existe y jamás conoceremos. Mi país es una intensa pasión, un triste piélago, un incasable manantial de razas y mitos que fermentan.





2.Cielo abierto. Después de Lima sobrevivimos en Perú Héctor Hernández Montecinos, José Manuel Barrios y este no tan dilecto servidor. De la chupa en El directorio, el último bar al que fuimos en la ciudad, pasamos directos a un bus que en cuatro horas nos pondría en la provincia de Barranca (sí, Barranca, no Barranco).

Amalia, que por muchas razones fue el corazón del País Imaginario, nos fue a despedir a la estación y todos conmovidos. Viajábamos con motivo del Festival Cielo abierto, un esfuerzo por colaborar con la descentralización cultural del Perú organizado por el poeta y gestor John López.

Allá las atenciones fueron inmejorables y en general tuvimos una excelente experiencia. Increíble lo parecida que era Barranca a cualquier municipio o ciudad de provincia guatemalteca, con sus cholo-taxis que aquí llamamos tuk-tuk, con esos rostros mestizos por todas partes, con esa mezcla de modernidad atolondrada y vapor rural.

Dimos lecturas en varios lugares, siempre al aire libre y con total acceso para la comunidad, lo cual me pareció un ejercicio maravilloso y digno de imitar. Los organizadores incluso tuvieron la amabilidad de llevarnos a Caral, ciudad milenaria y hogar de la primera civilización del hemisferio, y esto a pesar que por un malentendido tuvieron que buscarme durante dos horas antes de salir para allá, jeje. En ese sitio mítico leímos y fue muy importante hacerlo.

El último día conocimos el puerto Supe, ese puerto que Blanca Varela un día le aseguró a Octavio Paz que existe, y que hoy también yo puedo atestiguar. La amiga, poeta y editora mexicana Rocío Cerón nos acompañaba para entonces y juntos dijimos algunos poemas que fueron aderezados por música criolla del más alto nivel y una obra de teatro estudiantil con un humor entre sádico e inmediato que nos sacó la risa más de una vez, a pesar de sus notables descuidos técnicos. Si lo leen los chavos de la obra van a decir que los estoy criticando por resentido, ya que me agarraron por un rato de “chompipe de la fiesta”. Pero créanlo o no, lo disfruté mucho.

Yo regresé a Lima, satisfecho y feliz. Allá en la ciudad todavía pasé unos últimos días de total alegría gracias a Víctor Ruiz, Alessandra Tenorio, Gonzalo Málaga, Giancarlo Huapaya, Melissa Patiño, Luis Fernando Chueca, Paul Guillén y otros amigos y tremendas almas de letras y sangre.

sábado, 15 de septiembre de 2007

FESTIVAL PAIS IMAGINARIO DIA PRIMERO: LLEGADA A LIMA: BORRACHERA DEL 26/27 DE AGOSTO DE 2007, DESDE LAS 18 PM A 12 AM



Había ríos de cielo sobre las nubes, había nubes de tierra sobre las montañas y ríos de cielo purificando la terrosidad de la cordillera. Había mucho sueño.


(V e i n t i c u a t r o h o r a s s i n d o r m i r).

Agradecida con Alan Mills, que fue quien, después de varios años de apoyo moral por messenger, de proyectos literarios compartidos, de amistad, me abrió la puerta. Llegué a Perú buscando su rostro, su sensibilidad puesta al servicio de una fabulaciòn social, sin amaneramientos cacofónicos. El Marco: Primer Festival País Imaginario, que contaría con la presencia de los poetas Ernesto Carrión (Ecuador), Héctor Hernández Montecinos (Chile), Alan Mills (Guatemala), Manuel Barrios (Uruguay) y la que suscribe (Argentina). En el aeropuerto de Ezeiza había perdido mi gorro, con el que sería reconocida al llegar a Lima. Me encontró lomismo el Harold Alva, con "su esposa" , es decir, con Florencia Béjar Bustamante. Fue durante la mañana. Me llevaron al Hotel Costa Azul, en la siete de Arenales. Una entrada oscura, con bonitos mosaicos que me hacìan recordar a los mosaicos andaluces, con un cielo gris y las casas todas llenas de colores pasteles, sin brillo. Hablamos largo rato, de poesìa argentina, de polìtica peruana. Leyeron mis poemas en voz alta, me los corrigieron. Me llenaron de libros de autores que no conocìa,pero que se parecìan a espejos peruanos de espejos argentinos. Fue lo mejor que pude hablar con ellos en toda la estadìa, lamentablemente. Despuès almorzamos, conocì al Raggs -me regalò dos de sus libros- y volvì a conocer a Hèctor Hernandez Montecinos. Estàbamos todos tan cansados y tan ansiosos y tan felices, que nada màs pudimos decirnos, sòlo quedaba comer y tomar Inca Cola mientras esperàbamos la llegada de todos. Volvimos al hotel. En vez de agua, Ron Cartavio. Media botella pura de Ron Cartavio. No recuerdo màs nada. Me dicen que una mujer quiso tocar mis tetas. Que me puse a gritar como endemoniada acostada sobre una cama. Que contè mi tragedia. Que alguien quiso exorcisarme en latìn. Que llegò el Hèctor y me volviò a conocer y se asustó. Que el exorcista le dijo: "No te vayas, no, el demonio ha entrado en ella, ayudame, pues si no se le quedará ahì dentro". Que Hector bajo las armas de su defensa y se acercó, que el DIOS Héctor se arrodilló a los pies de mi cama y con su mano transmitiò la templanza y la tristeza necesarias, que Hèctor me recitó el salmo 23 entero con tanto amor que me quedè soñando. Velaba armas por Alan, lo sé. Hector fue entonces el exorcista psico de mi pasado, lo sè. Dicen también que lo adorè, que le besè los brazos como loca Adam y que lamí su boca de chancho serdominante lúdico. Que supe que era Dios antes de leer su poesìa. Que todos se fueron a buscar al uruguayo Manuel Barrios al aeropuerto, que volvieron y me tocaron la puerta y me sacaron del sueño soñado, que yo estuve media hora sin abrirles vociferando:

L O S P O E T A S S O N T O D O S P U T O S,
Q U E R I A A G U A Y M E D I E R O N R O N
.

Que abrì la puerta y me encontrè con un chico rave de anteojos de sol en medio de una noche cerrada. Tierno y solitario. Que lo detestè pero me subì encima de èl. Que el Héctor me tiró agua bendita para exorcisar esta vez a mi cuerpo. Que decidì ir al baño de la otra habitaciòn (eran dos) y el uruguayo me siguiò. Que ya no podìa tener planes. Que todo era caos y al caos habìa que fragmentarlo. Que ahì empezaba el festival Paìs Imaginario. Que eso era el festival Paìs Imaginario. Que seguí sin dormir. Que se cumplían diez años de mi tragedia. Que con el gorro había perdido también mi cabeza. Que el festival era un nuevo viaje de egresados.

foto: Manuel Barrios