sábado, 29 de julio de 2006

Quería hablar sobre Seijun Suzuki, pero no pude...Sólo pude con la introducción.

I
Jabón en polvo para lavar las heridas. En sobresitos económicos de supermercado. Que la herida quede limpita que no se note que la sangre estuvo ahí, donde está la herida, que está aunque no se note. Así, con la herida invisible, se camina por la ciudad sucia, uno está limpito, planchadito, igualito a todos, para que no se note. El adulto ha sido despojado de sus derechos. No sé si distinguirse da miedo o no conviene, quizá de miedo porque no conviene. El adulto está muerto en vida. Distinguirse es apartarse pero no tanto, todo sea cosa que uno funcione como pared donde rebota la pelotita que va a dar justo en el ojo de quien la lanzó. Se le abre la herida que ya estaba, pero limpita, y te echa la culpa a vos. Por eso, mejor no. Mejor estar limpito.
II
En la ciudad sucia uno tiene que callarse o esconderse. A veces hago lo primero; otras veces, lo segundo. Me escondo en mi casa, me tapo de libros debajo de los cuales dejo que sangre la herida que volvieron a abrir las palabras, esas pelotitas rebotadoras. A veces camino, intento hacerlo sola, la ciudad es hermosa cuando uno está solo y es de noche. El silencio es una encantadora palabra. Muy propicio para abrir las heridas individuales y hermosas. Uno está feliz hasta que un pesado comienza a caminar lento para que vos te le adelantes y él pueda mirarte el culo cómodamente (es decir, sin que se note) y vos te desconcentres y mandes la caminata a la mierda. Es entonces cuando está el cine, entre mi casa y la caminata.
Huyo del tipo con bufidos metiendo mi soledad en la sala Lugones del Teatro San Martín. Meterse ahí es, para mí, como si me metiera en el cine Ideal o cualquiera de esos, los de adultos. Entro adentro para ejercer mi placer, a escondidas, en una sala llena de cómplices.

martes, 25 de julio de 2006

Sexy Gómez Carrillo

Enrique Gómez Carrillo (Guatemala, 1873-1927) era algo más que un chico listo. Sí. Porque, vamos, la figura del chico listo resulta demasiado, cómo decirlo, vulgar. Y Gómez Carrillo fue cualquier cosa menos aquello. Muchas cosas y cuáles. ¿Un héroe? Lo que sí es seguro es que era re-listo el jodido. Alguien con mundo, en todo caso. Pues viajó todo lo que quiso y, al contrario de lo que suele pensarse, no era el alma de los países lo que su prosa retrataba, sino algo “más frívolo, más sutil”. Es que él era así: frívolo, sutil, sensual, errante y errático: “cosa cambiante, errátil es el hombre” (Montaigne). Guatemalteco, además. Pero, sobre todo, Enrique Gómez Carrillo supo ser un cronista, paradójicamente, lleno de ligereza y profundidad, cundido de geishas o delirantes hetairas griegas, al mismo tiempo que de vapores ancestrales ululando Basora. Con él se constata la existencia de una frivolidad profunda, claro que yes, pero, ojo, eso es virtud de pocos. Oscar Wilde, Capote y paremos de contar. Enrique, asimismo, era uno de esos poquitos que viajan mucho, que viven mucho, que gozan y sufren mucho, que viajan con todo el cuerpo, que viven con la sangre bullente en idiomas varios: elementos, todos, fundamentales para que una crónica sea escrita como la gente. Digamos de nuevo lo que otros han dicho, redundemos: la crónica en español le debe a GC su modernidad. Modernidad vía lo sensual. Vía lo francés, por igual. Y no es poco el aporte. Se dice que hasta la soberbia y bella París llegó a deberle algo al chapín, aún si el Sena ya no lo recuerda. París guarda a pocos en su luminosa memoria, horror, es demasiado bella y soberbia, a pesar de sus incendios anticapitalistas y sus clochardes irredentos balbuciendo ese idioma que, cuando lo quiere, se allega tortuoso. Mon Dieu: no finjo mi boulevard, tengo cierto cayito porque (believe it or not) yo también fui un guatemalteco en París. Claro, sin Mata Hari, sin una mi Consuelo Suncín (seductoras seducidas). Otras voces, otros ámbitos. Almorzando kebabs, o en comedores universitarios, sin alpargatas presidenciales ni credencial ninguna, pero siempre sin quejas, anduve gozando mi propia, respetable, mitología personal (B, y demás pociones, para mí, insuperables). Con GC, en cambio, hablamos de otro nivel, de otros cien pesos. O mil. Una vida más cómoda, más holgada en francos y de tal manera asegurada para la aventura total. Así, se encontró a otros que iban en su propia aventura total. Lindas, hórridas colisiones. Nuestro dandy llegó a tener la gracia de involucrarse con mujeres de la calaña de la Mata Hari – bailarina, pupila de la Aurora, belle femme – o de la viuda futura de Saint Exupéry, sin que aquello le hiciese menospreciar a las diversas libertinas y demi-mondaines de gran rumbo con las que tuvo a bien remecer el aire. Aventura total. Nada, ninguna pasión ni duelo fallido impidió que su prosa lírica y ostentosa caminara hacia el sitial adonde llegó. Ningún embaucador logró, presa de la envidia más perra, estropearle los pantagruélicos banquetes con que lo homenajeaban. Nadie. Claro, tenía amigos influyentes y cabrones: el pérfido-alfabetizado Estrada Cabrera, incluido. Un cabrón el mismo GC, si lo vemos bien, pero un cabrón con estilo. Tampoco es poco. Llegados a este punto, me atreveré a decir que Enrique Gómez Carrillo fue casi un héroe (o una variante de lo que modernamente conocemos como héroe) y que lo fue básicamente porque constituye el primer sex symbol de la historia de esta Guatemala contemporánea. ¿Me estoy pasando, incurro en delirio pop, vulgaridad? Tal vez. Lo cierto es que para mí, GC fue algo como un héroe sensual forrado de garbo literario, sin los complejos propios del oriundo de un país pequeño y empobrecido. Resulta obvio que no hago referencia al héroe de tipo catequista, con moraleja. Más bien elaboro un sex symbol letrado, cínico, cosmopolita, guatemaltecamente listo. Que no un simple chico listo, no confundirlo con aquel cuatío oloroso a Hugo Boss asonando las perlas falsas en la mesa de Café Saúl y hablando de “usté”, pues. Tampoco un latin lover, chapín lover. Otra onda el cabrón. U otro tiempo, quizás. ¿Otra París, otra Guate, otro mundo? Nos tomaría cuartillas miles responder. Lo cierto es que ya resulta detestablemente obvia mi engañosa admiración machista por Gómez Carrillo. Admiro aquí al mujeriego, al conocedor de las pagodas místicas de la carne, ciertamente. Mas no voy a justificarme, mejor lo digo y me muestro: para llegar a la honestidad hay que dejar ver también nuestro embrutecimiento. A alguien le robé esta última frase, no recuerdo a quién. Nuestro embrutecimiento. Bruto. No tanto como para no ir a su otro punto toral, a la otra esquina de su sensualidad: sus crónicas, su lenguaje. Un hombre sensual debe expresarse en un idioma sensual, podría sentenciarse. Lección de las crónicas de Gómez Carrillo. La sensualidad es un idioma universal, alors. Sí, cualquiera puede viajar al Japón, a Ámsterdam, mojar sus pies en el Nilo. Cualquiera con pisto o con suerte, claro. Pero quién podría devolvernos su experiencia alquimizada en deslumbrante prosa, quién nos hablaría de Hokousai, Outamaro, Yosai, quién del templo de Herodes, la Puerta de Damasco, la de Jaffa, quién describiría las mujeres más bellas y lúcidas con cuidadas frases viriles mas no ofensivas. ¿Quién se atrevería hoy a ir más allá del reporte de su robable camarita digital, o de su balbuciente blog? Y no sólo eso, quién de nosotros podría escribir comentos tales y volver a París a que un tal Verlaine nos dijese: “Ya estoy instalado en mi palacio de Invierno; venid a verme para que hablemos de Calderón y de Góngora”. Pinche guatemalteco extravagante, con amigos extravagantes. ¿Quién puede vanagloriarse de un inolvidable flirteo con Oscar Wilde, de una amistad con Salvador Dalí, Gabriel D’annunzio y Maurice Maeterlink y quién, siendo chapín, puede establecerse como cónsul de Argentina en París? Eso es lo que se dice no tener complejos. Ser macizo. Pinche guatemalteco extravagante, héroe sin moraleja, tenebrosamente bello y seductor. Una sensualidad lírica y humana, es decir, con coherencia ético-estética. Y eso es lo que aquí celebro. No tanto su “éxito”, sino el arrojo con que se lanzó a por su quimera. Una quimera que incluía el deslinde de todos sus sentidos, su sensualidad toda y una prosa única, un lenguaje civil que por sí solo sabría modernizar nuestras, todavía, provincianas trifulcas.

Alan Mills (Guatemala, 1979)

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viernes, 21 de julio de 2006

Hasta nuevo aviso


Me encuentro en estos momentos sumergida en las páginas de Eduardo Galeano, e insuflada por el espíritu gris y aplastado y bonachón y envidioso de Montevideo, donde he estado hace pocos días. Montevideo, una ciudad abandonada a los minimalismos inmensos, donde la melancolía es más transparente que la melancolía retórica de Buenos Aires. Decía que leía a Eduardo Galeano para poder decir otra cosa. Que no puedo hacer muchas cosas a la vez, como cualquier mujer (otro síntoma más de mis condiciones andróginas). O leo. O hago un blog. O viajo (que es, para mí, lo mismo que leer -pero mejor- y lo mismo que escribir -pero mejor-). Lo ideal sería escribir sobre lo que leyó tu mente durante el viaje. Cambiando de tema, ¿Pueden creer en la casi inexistencia de revistas culturales en la ciudad? Uno le pregunta al quioskero de la 18 de Julio por alguna, y te recomienda revistas políticas (Caras y Caretas, Rumbo Sur, Brecha). ¿Será que ellos responden a una cultura de la política, como Galeano? Montevideo es muy triste. Por ser tan triste es que voy a volver.

jueves, 13 de julio de 2006

Un Poeta, Lucas Benielli

Despertó con muchas ganas de llorar. Vivió el mejor día de su vida.

Llegada la noche lloró sin consuelo.

miércoles, 5 de julio de 2006

¡SALIÓ OLIVERIO!



Si, fue un parto, seis meses en situación de parto sangriento, doloroso. Tanto que no la puedo ni tocar. La puse debajo de mis papeles más sucios, de los libros que nunca voy a leer. La amo, pero no puedo ni verla. La analicé demasiado, la corregí, le temí y me frené ante ese temor. Por eso la tardanza. A Ricardo le pasa algo similar, ni tocarla. Puede encontrarse en este ejemplar una entrevista a Leónidas Lamborghini, cortada abruptamente en la mitad del trámite dado que me pasó lo que siempre me pasa cuando estoy con escritores: el avance de uno y mi instintivo retroceso. Un "análisis" de quince súper especialistas sobre los últimos 25 años de poética argentina, un artícuo de Pablo Toledo analizando el debate en el número anterior a Oliverio, cuentos del maravilloso Federico Levín, del asombroso Oliverio Coelho y del marginal Pablo Ramos. Además, mucho, pero mucho más. Su valor es de $5 y está, por supuesto, en todos los quioskos.

ATENCIÓN:
Se agradecen las suscripciones: seis números, treinta pesitos nada más y en tu propio domicilio. Envíos al exterior, consultar. También se agradecen opiniones.